
Dorotea Barnés González (1904-2003) fue una de esas figuras cuya importancia histórica ha tardado demasiado en reconocerse. Nacida en Pamplona, pronto se trasladó a Madrid para completar su formación universitaria y se convirtió en una de las primeras científicas españolas especializadas en química y espectroscopia. Junto con dos científicas estadounidenses, dio a conocer en 1930 un estudio en The Journal of Biological Chemistry centrado en el examen de las propiedades químicas y de los comportamientos espectroscópicos de la cistina. Esta publicación se reconoce hoy como la primera contribución de una autora española con proyección internacional dentro del campo de la Bioquímica.
Barnés había crecido en un entorno intelectual y familiar privilegiado, ya que su padre era un destacado pedagogo español. Dorotea fue la mayor de una familia de siete hermanos en la que todos recibieron una educación superior. Tanto ella como sus hermanas pudieron acceder a la educación superior, algo poco frecuente en aquella época. Ese ambiente le permitió acceder a una licenciatura universitaria y, más tarde, integrarse en la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), la institución que impulsó la modernización científica española desde Madrid. En los laboratorios del Instituto Nacional de Física y Química (el célebre “Rockefeller” de Serrano) desarrolló investigaciones pioneras en espectroscopia Raman, una técnica entonces reciente que permitía estudiar la estructura molecular mediante la dispersión de la luz. Su trabajo la situó entre las primeras especialistas en este campo en España. Barnés, además, fue una de las pocas personas que, en aquel entonces, obtuvo becas de investigación para ampliar estudios en el extranjero, lo que le permitió formarse en instituciones de referencia como el Smith College de Massachusetts, en Estados Unidos, o el laboratorio de Karl Wilhelm Friedrich Kohlrausch en Graz, Austria.
Su trayectoria representa un capítulo esencial para comprender el desarrollo científico de Madrid en la primera mitad del siglo XX. Su vida es también un testimonio de las dificultades que enfrentaron las mujeres que aspiraban a dedicarse a la investigación en un país donde las estructuras académicas y sociales no estaban preparadas para ellas. El desarrollo de su labor científica quedó profundamente condicionado por factores extrínsecos a su trabajo: en primer lugar, su matrimonio (es famosa la frase recogida en su biografía: “a mí me sacó de la ciencia mi marido”) y las consecuencias de la Guerra Civil española, que desembocaron en su posterior exilio y la exclusión de la actividad académica, tras abrirle un expediente en el marco de la depuración franquista del magisterio español. A causa de esto, Barnés fue apartada de la investigación, lo que no solo supuso una pérdida personal, sino también un retroceso para la ciencia española, que vio cómo se desmantelaba una red de talento femenino que había empezado a consolidarse. Formó parte de una generación de investigadoras que transformaron la vida intelectual de la ciudad como Felisa Martín Bravo, Amparo Poch o María Teresa Toral; mujeres que habían empezado a ocupar espacios en laboratorios, aulas o conferencias internacionales y que, de haber podido continuar su labor, hubieran llevado a Madrid a ser un centro emergente a la vanguardia de la ciencia europea.
Para saber más:
MAGALLÓN, Carmen (2004) Pioneras españolas en las ciencias. Madrid: CSIC.
Dorotea Barnés en la web Científicas Pioneras del CSIC
Documental sonoro RNE: Dorotea Barnés, luz en la ciencia
FOTOGRAFÍA
Dorotea Barnés en el Physikalische Institute der Technischen Hochschule, Graz, Austria, 1932. Archivo de la Residencia de Estudiantes de Madrid.
